Richness of Language

Sandra Escolar había sido tan precoz en su vocación literaria como yo mismo. Había ganado con su primera novela el Premio Nadal y con la segunda el Premio Cuaresma, con un gran éxito de público y crítica (que ponderaba con arrobo la autenticidad con que describía sus noches de discotequeo y tortillamen), y se había forrado en unos pocos años. Pero de la noche a la mañana los críticos empezaron a denunciar que las novelas de Sandra Escolar eran plagios memos de Françoise Sagan; y su público se cansó de leerla (o, simplemente, se cansó de leer). Para mantener su nivel de vida (y también para mantenerse en el candelero o candelabro de la fama), Sandra Escolar aceptó entonces participar en Gran Hermano o en algún otro reality-show de similar jaez, donde se enzarzó en todo tipo de trifulcas verduleras con los otros concursantes y se pegó unos cuantos revolcones con su compañera de cuarto, una stripper que luego resultó transexual (y en algunos de aquellos revolcones captados por las cámaras se pudo comprobar que para entonces Sandra Escolar había ya dejado de ser la nínfula de antaño). Acabado el reality, paseó su decadencia por los platós televisivos, más o menos como yo mismo pero en versión todavía más chabacana y degradante, a la vez que abandonaba la escritura. Y, tras una fase de deterioro progresivo que la convirtió en diana de todos los escarnios, desapareció del foco público sin dejar ni rastro. Mientras rememoraba en apenas un instante el ascenso meteórico y la fulgurante caída de Sandra Escolar, sentí pena por ella y también por mí mismo, pena de nuestra generación encumbrada y después arrojada al cubo de la basura.

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